¿Otro año? Me cago en Dios
Uno de los muchos impactos que ha tenido en mi psique la pertenencia al sistema educativo durante décadas ha sido la costumbre de medir los años según el calendario escolar. Así pues, a 22 de junio de 2026, me atrevo a decir que otro año ha pasado por delante de mis ojos, por lo que toca hacer balance.
He intentado aferrarme a todo lo positivo que me podía aferrar y, una vez más, se me ha escurrido todo entre los dedos. Odio mi(s) trabajo(s), cobro un estipendio penible, y en lo personal a veces parece que solo recibo palos. Empecé el año con una ilusión muy atípica para mi personalidad, y di por hecho que por fin la vida me empezaba a sonreír. Lo acabo donde lo empecé: quejumbroso y hasta las narices. Podría decirse que no todo está igual, y que algunas cosas sí que han mejorado -si bien el año pasado estaba en lo más hondo del pozo, este año estoy a mitad de camino, escalando-, pero viendo que la emoción solo conduce a decepciones, ya no me atrevo a anticipar ningún cambio positivo a corto plazo.
Esto no quiere decir que vaya a parar. Al contrario. A partir de septiembre, el bucle se repite una vez más. ¿Esta vez lo conseguiré? Dios sabe. Pero es el camino que he elegido y ya es tarde para buscar otra manera de salir adelante (la falacia del coste hundido y no sé qué).
Me cago en Dios una y mil veces. En Dios, en Cristo, en la Virgen, en el Espíritu Santo, y en mi puta calavera.
Mañana tengo cita con el psicólogo.